Por: Arturo Medina

Se mueven por las colonias de Toluca. Sobre sus hombros cargan la marimba. Se detiene en el teatro urbano que la sordidez de las calles crea. Utilizan el eco como cómplice, aunque más acertado sería decir que como un colaborador. Son dos, en sentido estricto, dos los ejecutores, aunque exista una más, la bocina, que parece más bien una caja para zapatos.

Algunos rostros asoman de las casas, y parece que el público ocupará los asientos del auditorio invisible que, sin embargo, nunca se llenará. La interpretación cesa, y, como si hasta ese momento su voz sólo estuviera apagada por el baile de las ondas, una niña grita “¡otra, otra, otra!” y a su solicitud le sucede una de un tono igual de infantil “otra canción, otra canción”.

David y Miguel sonríen, escuchan, piensan en la siguiente interpretación y vuelven al sueño encapsulado que sólo la marimba puede darle al urbanismo indómito. Han recorrido una decena de colonias con su equipo itinerante. En algunas, las personas se hacinan en sus casas y desdeñan desinteresadamente un sonido contrario a los estatutos del estruendo citadino que se filtra por sus ventanas. En otras, los asistentes al concierto son esporádicos, y escasos los que muestran una aprobación evidente en su hipnotismo de observantes plácidos. Con la hilaridad reformadora que la pandemia a propuesto, la Marimba Tradicional Ámbar, tuvo que conseguir nuevos espacios luego de que todos los eventos para los que había sido contratada, les fueran postergados.

La calle, adaptaron el exterior libre pero confusamente carcelario en una burbuja que sirve como escenario, a una banqueta que indiferente los soporta, a la solidez vanidosa de los muros que se deja absorber por el continuo cambio de los temas musicales. Mientras una señora abre su puerta y una seriedad pétrea los observa, se detiene, y se aproxima a Miguel con movimientos afectados por la efusividad de la marimba para vaciar en el güiro de metal unas monedas.

David, el responsable de la marimba, narra su experiencia: “En algunas colonias nos han recibido bien, la gente nos da comida, agua…”. Sus palabras no se agudizan, como las de quien cuenta un recuerdo cargado de tragedia, él más bien se emociona, pero su felicidad declina pronto cuando dice “Fuimos a Residencial Colón y ahí ni salieron”. Su testimonio escapa como hilo de condena y deja claro que su necesidad es más bien una necesidad pasional que tras 17 años de tocar ha sido detenida, fragmentada, y que tienen que reparar. “Yo tengo mi carrera, soy programador informático, pero eso se me hace muy estresante y prefiero tocar la marimba porque me apasiona”.

Pasan automóviles, su motor parece enredarse en una batalla de espadas, las mazas de la marimba ganan. Todos estos detalles le dan rasgos de performance al concierto de David y Miguel. Tal vez por eso consiguen esa extrañeza en las personas, porque creen que es un performance y los performances siempre son vistos con ojos de curiosidad infectada que se aparta o se acerca sigilosamente.

David voltea hacia el cielo, analiza el clima. Deciden moverse, ha terminado el programa de ese concierto, algunos aplausos cuya magnitud prolifera en el vacío de la calle, les agradecen. Parecen dos hombres cargando un féretro, pero esta escena no se ahoga en la tristeza. La gira artística consiste en caminar una cuadra.

Como todos los artistas, ellos también tienen la posibilidad de probar nuevos escenarios, esta es la última posibilidad que les queda. La dicha es poder manipular su auditorio, una diferencia abismal que los separa de los grandes artistas y la formalidad de sus conciertos.

Un joven entusiasmado espera a las afueras de su casa. David y Miguel colocan eficientes la marimba e inmediatamente se plantan frente al joven acompañado de las que parecen ser su madre y su hermana. “Escuchamos la marimba y decidimos salir” expresa la madre, que con su celular toma fotografías a los marimberos. Su actitud asemeja a de los fans que asisten a un concierto de su banda favorita y lo graban todo para luego presumirlo con sus más cercanos, sólo que esta vez ella es la seguidora de una banda a la que nunca había ha escuchado, una fan espontánea que se precia de escuchar la marimba.

El güiro detiene su carraspeo para que el joven vacíe su aportación. “Gustan algún tema en especial”, pregunta David, la premura por responder les imposibilita pensar en alguno. El hito clásico de la marimba se cruza con la vehemente modernidad e interpretan una canción de Mon Laferte. La gira comienza su ocaso con el amanecer, su presencia está restringida por la duración de la luz, eternamente itinerante. Mañana, un concierto no agendado espera en un lugar no previsto.

Fotos: Arturo Medina