Por: Odiseo Casares

Para el recuerdo perenne de Felipe Salas, de todos los que no tendrán…

¿Te acuerdas cuando subiste a tu primera bici? Tú te la compraste porque ya eras huérfano desde pequeño. Tú aprendiste solito a andar, y te levantaste cuando te caíste, cuando te tiraron. ¿Y te acuerdas cuando tuviste que ir a trabajar? No había para micro ¿Y te acuerdas? Sí que recuerdas.

Cuando llevabas a la mujer que aún después de esto sigues amando. Y no es que romantice, pero en la pobreza hay dicha humilde, o tú dime sí no. Como cuando bromeabas con tus amigos yendo a pasar el rato al campo, o cuando se iba toda la familia a misa, o cuando solo pedaleabas por pedalear, que era muy raro porque tú siempre estabas trabajando, pedaleando. Con tu rodada 28, más oxidada que tú y yo juntos.

El viejo Ulises y Simbad son pequeños a tu lado, llevabas cinco veces tu peso y parecías invencible, aún ahora lo sigues siendo. Te platico, hoy colgaron una bici por si regresabas, ahí donde esa maldita flecha de oro te mató, pero no llegamos a tiempo, ya te habías ido. La justicia es solo un reflejo que se burla de nosotros, porque la inventaron los mismos que nos matan. Un reflejo de la vida con que uno sueña, como cuando entre los cuates nos presumíamos que estrenaríamos una bicicleta, bien cara y bien bonita, pero sabíamos que no pasaría porque había que alimentar a los chilpayatitos.

O un buen refín con la pandilla, que tampoco llegaba porque siempre estaba de frente la salud de nuestros enfermos. Pero que buenos momentos en que éramos invencibles, los más veloces, en esas rilas oxidadas que temblaban todo el tiempo, más que tu abuelito, que también andaba en su bici. ¡Ah! ¡Qué buenos tiempos!

Unos pensarán que has colgado los guantes, que claudicas a tu derecho de hombre común, a tu derecho de ser libre cuando pedaleas, cuando eres el más veloz, el más valiente por amar a tu familia, pero esas llantas no van a dejar de rodar, y tus hijos, y todos nosotros, malditos o benditos, según se mire, subiremos mañana, nos despertaremos y subiremos otra vez a la ranfla.

Tú no te fuiste Felipe, sigues rodando en todos nosotros. Mañana rodaremos otra vez, apretados como la carne contra el hueso, tempranos o nocturnos, ahogados de sueños y esperanzas: iremos desapareciendo.

Foto: Outis Polifemo