Por: Dante Álvarez
Conforme el año avanza, para cerrar con las festividades y prácticas culturales llegamos al otoño y con ello salta a la vista la presencia de las flores que llenan los campos.
En el ocaso del año y con la antigua cosmogonía mexicana aún presente es también la época en la que se celebra la vuelta a casa de nuestros muertos y con los difuntos la ofrenda de las flores que al orientarse al sol miran hacia el dios Sol que junto con sus polinizadores eran sagradas.
Las mariposas, por ejemplo, son una metáfora de las almas, que desprendidas del cuerpo o capullo, vienen a visitarnos en el día de todos los santos.
Así es como los rituales Huitzilopochtli, dios de la guerra y del sol, para los aztecas, cuyo nombre traducido al español sería Colibrí del sur han sobrevivido aún después de la conquista y están representados colibríes y flores en la pila bautismal de Zinacantepec en un sincretismo con las creencias cristianas.
Es por ello que aún en estos tiempos las flores se ocupan en para adornar las ofrendas y las tumbas de los difuntos, aún existen comunidades en las que se ofrecen flores a la virgen o un camino de flores acompaña al ataúd al cementerio. Es así como los caminos de cempasúchil están presentes para guiar con su aroma el camino de retorno a casa de nuestros familiares finados.
Foucault nos explica que hasta el siglo XVIII se acostumbró tener los camposantos en el centro de las comunidades, al lado del espacio sagrado del templo, con fosas comunes, tumbas individuales e incluso era común que hubiera tumbas al interior de los templos, que iban desde baldosas hasta mausoleos. Algo natural para sociedades que creían en la resurrección del cuerpo y la inmortalidad de las almas.
Hacia el siglo XIX, con el pensamiento de la modernidad, se relacionó a la muerte con la enfermedad y la mortalidad. Con los avances de la ciencia y en un pensamiento higienista, funcionalista, se empezaron a colocar los cementerios al exterior de las ciudades. Coincidiendo en México con la aplicación con las leyes de reforma, vanguardistas para su época, así el Estado ahora tendría la responsabilidad a administrar los cementerios, ya no bajo criterios religiosos sino sanitarios.
Fue en la segunda mitad del siglo XIX durante el porfiriato que bajo criterios de salubridad se construyeron panteones municipales en el valle de Toluca, siendo estos de fachada neoclásica por ejemplo en el panteón la Soledad, el de Zinacantepec, Metepec o Tenango.

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