Por: Carlos Zurdo Rojo

Han pasado seis años del homicidio de Francisco Pacheco en Taxco, Guerrero, uno de los 152 periodistas asesinados en México desde el año 2000. Su familia -al igual que en el 99% de los casos- aún clama justicia.
Así lo muestra el reciente documental transmitido en Canal 22 “Dos relámpagos al Alba”, que retrata los esfuerzos y el desgaste que ha implicado para los familiares buscar que las instituciones respondan.
En ese recorrido por las limitaciones que tiene el sistema de justicia mexicano, se señala un aspecto que puede ser parte de un hilo conductor para analizar la situación del periodismo y la violencia en nuestro país.
Se trata de la crítica a la forma de abordar el problema, ya que la fiscalía comenzó aislando el caso de Francisco Pacheco de su labor periodística, así como del ambiente político y social en el municipio; buscando evitar que los aspectos estructurales que constituyen el régimen a nivel municipal, estatal y federal fueran tocados.
Y es que en este, como en la mayoría de los casos la situación no es coyuntural, aislada, o se reduce a tal o cual gobierno, -como algunos sectores pretenden hacer creer-, sino una tendencia que pese a los colores de los partidos sigue en aumento.
Basta salir a la calle para entender que la violencia contra los periodistas en México, los 94 luchadores sociales asesinados en los últimos tres años, o las diez mujeres asesinadas al día, forma parte de la descomposición del sistema y la consolidación de un narco-estado, que pese a sus pugnas internas, cada vez se articula más en la vida cotidiana.
Más allá de los buenos deseos –o las convincentes mentiras–, de que en el país hay una estrategia de fondo, que busca ganar a las nuevas generaciones al crimen organizado con alternativas; el alza de salarios y los programas sociales apenas están alcanzando a contener la acelerada inflación en el país. Mientras lo que no se detiene, es la acelerada acumulación de riqueza en una cuantas manos.
La realidad es más necia cuando –por ejemplo– una maestra de primaria te cuenta que sus alumnos en una comunidad de Villa Victoria llevaron a sus clases de huerto semillas de marihuana y amapola, para sembrar, porque “esas si dejan” o cuando el costo del pollo rebasa los cien pesos, porque quien vende más barato corre el riesgo de ser levantado; situación que -aunque quisiéramos- no se limita al Edomex, ni al régimen priista.
En este panorama vive también el periodista, quien debe contar esto en medio de sus propios infiernos, los bajos salarios, las jornadas extenuantes y escasos derechos laborales, presionados por un acelerado mercado de consumo que rige los criterios editoriales con una competencia descarnada que profundizan la violencia; pues a diario tu vida, tu empleo y estabilidad están en riesgo.
Repasar y profundizar todos estos aspectos permite trazar una ruta más clara para intervenir en esta realidad, para que el clamor de justicia en todos los casos vaya más allá de lo que ofrece el régimen y la perspectiva del periodista también deje de buscar imparcialidad en condiciones en las que también es una víctima y un importante actor de cambio; recojamos la pluma de Pacheco, y de todos los caídos.

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